En el Perú, miles de mujeres indígenas y afroperuanas sostienen las economías de sus territorios a través de la producción textil, agrícola, gastronómica y artesanal. Sin embargo, su trabajo es sistemáticamente invisibilizado y subvalorado. No acceden a crédito formal, enfrentan intermediarios que les pagan una fracción del valor real de sus productos, y cargan con una triple jornada laboral sin reconocimiento ni apoyo institucional.
Esta exclusión no es casual: es el resultado de estructuras históricas de explotación que han negado a las mujeres indígenas y afroperuanas el acceso equitativo a recursos, mercados y poder de decisión. Mientras tanto, sus saberes productivos —transmitidos de generación en generación— están en riesgo de perderse, y con ellos, parte fundamental del patrimonio cultural inmaterial del país.